Al año y medio, casi todos los padres tienen ya una rutina de noche que funciona. Baño, leche, un cuento o dos, luz apagada, listo. Así que cuando un niño que llevaba meses durmiéndose sin problema empieza a gritar en la puerta de la cuna, a trepar por los barrotes, a llamarte cada veinte minutos y luego a despertarse a las cinco de la mañana parlanchín y listo para el día, parece que el suelo se mueve.
Es lo bastante común como para tener nombre: la regresión del sueño de los 18 meses.
Qué hay detrás
Como en la regresión de los 8 meses, no es una sola cosa sino varias que llegan juntas.
La independencia. Hacia los 18 meses, los niños descubren que son personas separadas con opiniones propias, y que «no» es una palabra que hace cosas. La hora de acostarse es uno de los pocos sitios donde pueden probarlo todos los días. Plantarse no es portarse mal. Es desarrollo, y también es agotador.
La angustia de separación, otra vez. Suele reaparecer a esta edad. Un niño que entiende más del mundo también entiende mejor lo que significa quedarse solo en una habitación a oscuras, y puede querer que estés ahí mucho más que cuando tenía un año.
Los molares. Los primeros molares suelen salir entre los 13 y los 19 meses, y son más grandes y más molestos que los dientes de delante. Una boca dolorida complica dormirse, sobre todo tumbado.
El cambio de siestas. Muchos niños pasan de dos siestas a una entre los 12 y los 18 meses. Mientras eso se asienta, el día puede terminar con un niño o demasiado cansado o no lo bastante cansado, y las dos cosas se notan a la hora de acostarse.
Qué suele ayudar
Mantén la rutina igual. La secuencia hace más trabajo del que parece. A esta edad, una sucesión previsible es la forma en que un niño sabe lo que viene después, y la regresión termina antes cuando esa sucesión no cambia. Que sea tranquila, que sea la misma cada noche, y que la última parte sea sosa.
Da opciones, no negociaciones. Un niño que pelea por tener control peleará menos con la hora de dormir si tiene algo de control dentro de ella. Pijama rojo o azul. Este cuento o aquel. Ir andando a la habitación o en brazos. Dos opciones, las dos aceptables para ti. Lo que no está en oferta es si toca dormir o no.
Revisa la siesta. Una siesta de tarde que termina después de las 15:30, o que se alarga mucho, suele retrasar la hora de dormir más de lo que el niño aguanta. Si acostarlo se ha convertido en una batalla, acorta o adelanta la siesta antes que cualquier otra cosa.
Que las visitas nocturnas sean aburridas. Entras, tranquilizas, lo vuelves a tumbar, sales. Corto y en calma. La idea es ser fiable sin ser entretenido.
Aplaza los cambios grandes. No es el momento de pasar a la cama, empezar a quitar el pañal ni cambiar de habitación. La cuna es un límite claro, y la mayoría de los niños están bien en ella hasta los dos o tres años. Si el tuyo trepa y puede caerse, la seguridad manda y quizá haya que cambiar, pero por lo demás espera a que el sueño se asiente.
Para las encías doloridas, algo frío que morder antes de dormir puede ayudar, y el paracetamol o el ibuprofeno sin azúcar en la dosis adecuada a su edad está bien cuando hay molestia real. La dentición no provoca fiebre alta, así que si tu hijo la tiene, está pasando otra cosa.
Gemelos a los dieciocho meses
Dos niños de esta edad en una habitación es un caso aparte. A los dieciocho meses los gemelos ya se han descubierto de verdad el uno al otro, algo precioso durante el día y un problema a las siete de la tarde. La cuna se convierte en un acto social: charlas, risas, juguetes lanzados a la cuna de al lado, uno trepando mientras el otro lo jalea.
Lo que suele funcionar:
- Escalona la hora de acostarlos quince o veinte minutos. Pon primero al que se duerme más rápido, para que ya esté dormido cuando llegue su hermano.
- Sepáralos temporalmente. Si el problema es solo que hablan entre ellos, unas semanas en habitaciones distintas suele arreglarlo del todo. Casi todos los gemelos vuelven a compartir sin dificultad.
- Averigua de quién es la noche. A menudo un gemelo está pasando la regresión y al otro simplemente lo están despertando. Saber cuál es cuál cambia lo que haces. El que se despierta necesita sobre todo silencio; el que lo está pasando mal necesita la rutina.
- Repartid la noche por horas, no por niño, si os levantáis mucho los dos. Turnaros de guardia mientras el otro duerme de verdad protege más descanso que levantaros los dos cada vez que uno de los dos llama.
Cuándo consultar
Es una fase en un niño sano. Pide consejo si hay ronquidos con pausas en la respiración, señales de enfermedad o dolor más allá de la dentición normal, fiebre alta, o si se alarga mucho más de un par de meses sin ninguna mejora. Y si te está desgastando hasta el punto de temer cada noche, eso solo ya es motivo suficiente para hablar con tu pediatra o con la enfermera de pediatría. El apoyo forma parte del trabajo, no es un extra.
No es para siempre
La regresión de los 18 meses suele ser la más dura de vivir porque un niño de esta edad tiene mucho más que decir al respecto que un bebé. También es, para la mayoría de las familias, la última grande. Mantén la noche estable, dale las opciones pequeñas, y en unas semanas la hora de dormir suele volver a ser la parte más fácil del día.